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25 oct. 2010

Extracto "Hojas de plata"

     Continúo con mi campaña para dar a conocer un poco mejor lo que encierra "Relatos de sal".

     A continuación, os dejo una parte que me gusta especialmente del tercer relato del libro, titulado "Hojas de plata", historia que le escribí hace un tiempo a mi novia Sandra, y en el que se hace un canto al amor eterno...un poco cursi, ya lo se, pero si lo mezclamos con una historia de samuráis en el Medievo Oriental, tenemos un resultado muy positivo, según las críticas.

     ¡Espero que os guste!

     "Contaban las nubes orondas a las pequeñas y simpáticas flores que, cuando ellas llegaron, el Espíritu del Lago ya estaba allí, y las animó a dejarse guiar por el viento en un viaje sin rumbo por todo el inmenso mundo, lleno de maravillas inimaginables de las que el propio Espíritu del Lago había sido testigo, e incluso creador. Estos cotilleos divertidos, que intercambiaban los interlocutores entre sonrisas y sonrojos, molestaba especialmente al Sol, el cual, cascarrabias por naturaleza, instaba a las nubes a seguir su camino y dejar de impedirle su vigilancia sempiterna sobre la tierra. Evidentemente las nubes marchaban indignadas ante tamaño grosero.

En cierta ocasión, el Espíritu del Lago relató con la jocosidad y sabiduría que lo caracterizaban como, hacía ya cientos de años, la montaña que diera sombra al lago hogar del Espíritu, había nacido de una disputa entre el Cielo y la Tierra. Aquel, magnífico e imponente en su azul cambiante y eterno a la vez, contó orgulloso a la Tierra las maravillas que desde tal altura era capaz de divisar. La Tierra, molesta ante tanta altanería y soberbia, le respondió que, aunque fuese capaz de divisar la eternidad desde las alturas, en realidad no poseía absolutamente nada, y le mostró un campo de hermosas y delicadas florecillas como un tesoro inigualable del que ella sí era dueña y señora. Ante esto, lleno de envidia y rencor, el Cielo mandó un rayo seguido de un espantoso trueno, muestra de su enfado infinito, y fulminó el campo de flores. La Tierra, herida y absolutamente desquiciada, se elevó repentinamente en un intento desesperado y vano por rayar el cielo, sin éxito alguno, quedando aquella montaña como testigo eterno de ese extraordinario suceso.
           
            Tales eran las maravillas que con su inigualable carisma y oratoria narraba el Espíritu del Lago a los seres que convivían en la región.

            Ellos aún no estaban allí, toda la extensa, maravillosa e inigualable flora y fauna del lugar, según palabras del propio Espíritu, que tornaba su faz siempre amable en mera sombra taciturna, y su voz melodiosa en simples sonidos inflexivos y graves, cuando apareció El Otro, como era conocido en el lugar.

            Ni siquiera el propio Espíritu era capaz de enfrentarse a El Otro, por lo que debía limitarse a intentos, a veces inútiles, de reducir los maléficos efectos de lo que aquel creaba. El Sol se retiraba a descansar, refunfuñando, y la Luna ascendía al cenit del cielo para ojear temerosa lo que en la oscuridad aguardaba. Era en esos tétricos momentos cuando la naturaleza toda era engullida por la noche, y los árboles temblaban aterrados, produciendo un sonido lúgubre y lastimero, y los lobos lloraban amedrentados desde sus cuevas, y todos los animales corrían espantados a esconderse, mientras las flores ocultaban sus ojos grandes y ambarinos con sus pétalos tembladores. Era entonces cuando El Otro se hacía absolutamente patente. Tal era el terror que producía, que hasta el Cielo, a veces, lloraba desconsolado sobre la región, deseoso de que el día lo volviera a vestir de su azul brillante, mientras el viento llegaba cargado de noticias procedentes de lugares lejanos y hechos tenebrosos con su ulular lastimero."

     Sí, ya lo se...¿y los samuráis qué? Pues llegan luego, así que, si deseáis saber cómo continúa la historia, haceros con vuestro ejemplar de "Relatos de sal".

     ¡Abrazos a todos!

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